Si todos esos vehículos y el personal que despliegan para controlar protestas se utilizaran para enfrentar la delincuencia y reforzar la frontera, otra sería la realidad del país.
Pero no: prefieren exhibir fuerza donde no hace falta, mientras el crimen crece y el ciudadano vive con miedo.
Hoy, quien está preso no es el delincuente… es el pueblo, obligado a encerrarse por la inseguridad.






